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viernes, 2 de octubre de 2009

Quienes dominan el mundo.

Hola a todos. Antes de ni siquiera introducir el tema de la entrada de hoy, quiero dedicársela con cariño y orgullo a los que hasta este verano eran los Ranger del Grupo Scout Besana. A todos vosotros, chavales, os dedico esta entrada, en la que encontraréis la argumentación de mis afirmaciones que tanta polémica causaron...

La entrada que os presento esta vez, una serie de extractos de un libro. El libro de cuya secuela hice la entrada "Cuestión de sexo" que recordaréis. El libro se titula "Las hormigas", es de Bernard Werber, de 1992. Es una magnífica obra de trama trepidante que a todos, seáis amantes o no de estos animales, os animo a leer. Añado las páginas de los extractos. Todos ellos pertenecen a una parte del libro que narra de forma escueta y clara muchos aspectos a veces cotidianos, a veces científicos... pero –en principio– aislados entre sí e independientes del hilo argumental de la obra... en el libro se denominan como "entradas de la Enciclopedia del saber relativo y absoluto de Edmond Wells".
La entrada no revela nada acerca del argumento del libro. Las anotaciones entre [corchetes] son personales, y vienen a ser explicaciones bien en forma, bien en concepto, de la narrativa del autor para que todos lo podáis entender.

(Pág. 104) ESTÉTICA. ¿Qué hay que sea más hermoso que una hormiga? Sus lineas son curvas y depuradas, su aerodinamismo perfecto. Toda la carrocería del insecto está estudiada para que cada miembro encaje perfectamente en el lugar previsto a ese efecto. Cada articulación es una maravilla mecánica. Las placas encajan como si las hubiese concebido un diseñador asistido por un ordenador. Nada rechina, no hay ni un roce. La cabeza triangular penetra en el aire, las patas largas y articuladas le prestan al cuerpo una cómoda suspensión a ras de suelo. Es como un automóvil deportivo italiano.
Las garras le permiten caminar por el techo. Los ojos tienen una visión panorámica de 180º. Las antenas reciben selectivamente miles de informaciones para nosotros invisibles, y su extremidad puede servir como martillo. El abdomen está lleno de bolsillos, esclusas, compartimentos en los que el insecto puede almacenar compuestos químicos. Las mandíbulas cortan, pinzan, cogen. Una red formidable de tubos internos le permite lanzar mensajes olorosos [= feromonas].

(Pág. 204) MESTIZAJE. Sería falso creer que los nidos [= hormigueros] son impermeables a las presencias extrañas. Es cierto que cada insecto lleva la bandera olorosa [= feromona de identidad, un olor especial que identifica a cada hormiga de cada hormiguero] de su ciudad, pero no por eso es "xenófobo" en el sentido en que se entiende entre los humanos.
Por ejemplo, si mezclas en un acuario lleno de tierra un centenar de hormigas Formica rufa con un centenar de hormigas Lasius niger –habiendo en cada especie una reina fértil–, se puede ver que después de unas escaramuzas sin muertes y de prolongadas conversaciones antenales [las hormigas se comunican entre sí mediante emisiones de feromonas por las antenas] las dos especies empezarán a construir juntas el hormiguero.
Algunos corredores estarán adaptados al tamaño de las rojas, y otros al tamaño de las negras, pero se entrecuzan y se mezclan de manera que el hecho queda demostrado: no existe una especie dominante que trate de encerrar a la otra en un sector reservado, un ghetto en la ciudad.

(pág. 318) EPISODIO. Me he equivocado. No somos iguales [las hormigas y los humanos... aludiendo a otro fragmento del libro], somos concurrentes. La presencia de los humanos solo es un corto "episodio" en su reinado indiviso sobre la Tierra.
Ellas son infinitamente más numerosas que nosotros. Poseen más ciudades, ocupan muchos más nichos ecológicos. Viven en zonas secas, heladas, cálidas o húmedas, donde ningún hombre podría sobrevivir. Dondequiera que miremos, hay hormigas.
Estaban aquí cien millones de años antes que nosotros, y a juzgar por el hecho de que han sido uno de los pocos organismos que han resistido la bomba atómica, seguramente seguirán aquí cien millones de años después que nosotros. Nosotros no somos más que un accidente de tres millones de años en su historia. Por otra parte, si unos extraterrestres llegaran un día a nuestro planeta, no se equivocarían. Tratarían sin duda alguna de hablar con ellas. Ellas son las verdaderas dueñas de la Tierra.
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